Dia de Muertos

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Edición especial de Día de Muertos

Una historia sobre el amor, la ausencia y las formas en que seguimos acompañando a quienes ya no están.

Por Brenda Martínez Sandoval

Altar de Día de Muertos con fotos de familia, cempasúchil, veladoras, pan de muerto y papel picado

Hay personas que se van de nuestra vida, pero nunca de nuestra manera de vivirla.

A veces regresan en una canción. En un olor que sale de la cocina. En una receta que hacemos sin consultar las cantidades porque alguien nos enseñó a prepararla hace muchos años.

Otras veces aparecen en los momentos más inesperados. En una decisión difícil, en una palabra que repetimos sin darnos cuenta o en la necesidad de contarles algo que nos acaba de suceder.

Y entonces sentimos esa mezcla tan extraña: la alegría de recordarlos y la tristeza de no poder abrazarlos.

Cada año, cuando llega el Día de Muertos y comienzo a preparar mi altar, me sucede algo parecido.

Saco las fotografías, acomodo las flores de cempasúchil, enciendo las veladoras y vuelvo a encontrarme con quienes han marcado mi vida.

No siempre es fácil. Algunas ausencias siguen doliendo, aunque hayan pasado muchos años.

Pero he aprendido algo que hoy quiero compartir contigo:

Recordar no es quedarse atrapada en el pasado. A veces, recordar es una manera de seguir amando.

Esta es una parte muy personal de mi historia. Y quizá, mientras la lees, también encuentres un pedacito de la tuya.

Hay pérdidas que nos hacen crecer demasiado pronto

Tenía apenas nueve años cuando murió mi papá.

A esa edad una no comprende del todo lo que significa la muerte. No sabe explicar lo que siente ni entiende por qué una persona que estaba ahí, que formaba parte de todos los días, de pronto ya no está.

Solo sabe que algo cambió.

Ocho años después, cuando tenía 17, murió mi mamá.

Y entonces la vida volvió a cambiar.

Me quedé huérfana a una edad en la que todavía necesitaba que alguien me acompañara a descubrir quién quería ser.

Tenía que tomar decisiones importantes, aprender a sostenerme y continuar creciendo mientras una parte de mí seguía siendo aquella niña que extrañaba a sus padres.

No conocía el Ayurveda. No sabía nada sobre los doshas, el equilibrio de la mente o la relación entre las emociones y el cuerpo.

Tenía mi fe en Dios y las tradiciones con las que había crecido.

Y esas dos cosas me acompañaron.

Con el tiempo he pensado muchas veces en lo que significa perder a quienes nos dieron la vida y, aun así, tener que continuar construyendo la nuestra.

No sé si una termina de aprender a vivir sin sus padres.

Creo, más bien, que aprende a llevarlos de otra manera.

Hoy reconozco a mi mamá en muchas cosas que hago. Especialmente en mi cocina.

Y a mi papá lo sigo encontrando en mi historia, en mis recuerdos y en esa parte de mí que empezó a formarse cuando él todavía estaba.

Ellos dejaron de acompañarme físicamente, pero nunca dejaron de formar parte de quien soy.

Alberto: el amor no se mide por el tiempo

A mis 32 años nació mi hijo Alberto.

Y ese mismo día murió.

Hay experiencias que una puede contar muchas veces y que, aun así, siguen siendo difíciles de poner en palabras.

La pérdida de un hijo es una de ellas.

Cuando un bebé vive tan poquito tiempo, algunas personas no saben cómo acompañar a su madre. A veces intentan consolarla diciendo que es joven, que tendrá otros hijos o que casi no hubo tiempo para conocerlo.

Pero el amor de una madre no comienza el día del nacimiento.

Comienza mucho antes.

En las ilusiones, en los pensamientos, en los cambios del cuerpo, en imaginar su rostro y en hacerle un lugar dentro de nuestra vida.

Alberto tuvo una vida muy breve.

Pero tuvo una mamá que lo amó.

Y eso no desaparece.

Por eso el 1 de noviembre tiene un significado tan profundo para mí.

En muchas tradiciones mexicanas es el día dedicado a los niños fallecidos, a quienes cariñosamente llamamos angelitos.

Me conmueve pensar que nuestra cultura haya reservado un espacio para ellos.

Un día para recordarlos, pronunciar sus nombres y reconocer que también pertenecen a nuestra familia.

Alberto tiene su lugar en mi altar.

Y siempre lo tendrá.

Porque hay amores que no necesitan muchos años para transformar una vida.

Hércules y Mike: también ellos son familia

Mike, perro de pelo claro con suéter gris
Mike

En mi altar también hay lugar para Hércules y Mike.

Hércules era el perro de mis hermanos. Mike creció acompañando a mis hijos.

Quienes hemos compartido la vida con un animal sabemos que su presencia termina formando parte de la historia familiar.

Están en los paseos, en las fotografías, en los días difíciles y en esos pequeños rituales cotidianos que parecen insignificantes hasta que dejan de suceder.

Uno se acostumbra a escucharlos caminar, a encontrarlos esperando cerca de la puerta o a recibir una mirada que parece comprenderlo todo.

Y cuando se van, la casa también cambia.

En años recientes, el 27 de octubre se ha popularizado como una fecha para recordar a nuestros animales de compañía.

Me gusta incluirlos en mi ofrenda.

En la tradición mexica existe una imagen que siempre me ha parecido hermosa: el perro que ayuda a las almas a cruzar el río en su camino hacia el Mictlán.

No puedo evitar pensar en Hércules y Mike cuando escucho esa historia.

Me gusta imaginar que siguen acompañándonos, de alguna manera, como lo hicieron durante tantos años.

Porque el cariño que recibimos de ellos también merece ser recordado.

Mi altar es una manera de decirles: todavía tienen un lugar aquí

Cuando preparo mi altar, no estoy tratando de detener el tiempo.

Tampoco pretendo que el dolor desaparezca por encender una vela.

Lo que hago es mucho más sencillo.

Les preparo un lugar.

Pongo sus fotografías. Acomodo las flores. Dejo agua, comida y luz.

Son gestos que aprendí de nuestra tradición mexicana y que hoy realizo con una conciencia diferente.

Durante muchos años celebré el Día de Muertos desde la fe y las costumbres de mi familia.

Después llegó el Ayurveda a mi vida.

Y descubrí otra manera de mirar algo que ya conocía desde niña.

Los cinco elementos: una forma de mirar el altar

Los cinco elementos en el altar: tierra, agua, fuego, aire y espacio

En Ayurveda existe un principio llamado Pancha Mahabhuta, los cinco grandes elementos: tierra, agua, fuego, aire y espacio.

Son conceptos con los que esta tradición describe las cualidades de la naturaleza y del cuerpo.

Al observar mi altar desde esa perspectiva, encuentro una relación que me parece profundamente bella.

La tierra Prithvi

Está en el pan, en los alimentos, en la sal, en las flores. En todo aquello que podemos tocar y que nos recuerda que formamos parte de la naturaleza.

El agua Jala

Está en ese vaso que colocamos en la ofrenda para aliviar, simbólicamente, la sed de quienes recorren el camino de regreso.

El fuego Agni

Está en las veladoras. En esa pequeña llama que ilumina, transforma y nos invita a detenernos unos minutos.

El aire Vayu

Está en el movimiento del papel picado, en el aroma que viaja por la casa y en el humo del copal que se eleva lentamente.

El espacio Akasha

Este es el que más me conmueve.

Porque no necesariamente se coloca sobre la mesa.

Es el lugar que dejamos disponible para recordar.

El silencio en el que pronunciamos un nombre.

La silla que nadie ocupa, pero que sigue teniendo una historia.

Y el espacio interior que hacemos para quienes ya no están.

No digo que la ofrenda mexicana y el Ayurveda sean una misma tradición. Tienen historias, creencias y significados diferentes.

Pero contemplarlas juntas me ha permitido descubrir algo valioso:

El ser humano necesita rituales para relacionarse con aquello que no puede tocar, pero que sigue sintiendo.

El mole de mi mamá: hay recuerdos que también se cocinan

Cazuela de barro con mole, chocolate de mesa, ajonjolí y flores de cempasúchil

Mi mamá era una mujer de cocina.

Todavía recuerdo lo delicioso que le quedaba el mole.

También recuerdo su comida de Cuaresma, esos platillos que aparecían en determinadas épocas del año y que hacían que la familia reconociera la temporada a través de los sabores.

Cuando pienso en ella, muchas veces no aparece primero una fotografía.

Aparece su comida.

La imagino cocinando. Recuerdo los aromas, los ingredientes y esa manera tan suya de preparar las cosas.

Con los años, mi trabajo me ha llevado a estudiar la cocina ayurvédica, la alimentación estacional y la manera en que los procesos culinarios transforman las cualidades de los alimentos.

Y me gusta pensar que mi mamá, sin conocer nada de Ayurveda, ya me había enseñado algo esencial:

La comida no solamente alimenta el cuerpo.

También reúne personas, crea recuerdos y transmite maneras de cuidar.

En Ayurveda existe el concepto de Ritucharya, que propone adaptar los hábitos y la alimentación a las estaciones.

Mi madre seguía sus propias tradiciones culinarias de temporada. No eran lo mismo, pero hoy puedo reconocer en ambas el valor de observar los ciclos del año.

Hay otro encuentro cultural que me conmueve.

En la tradición hindú existe un periodo llamado Pitri Paksha, dedicado a honrar a los antepasados mediante ceremonias y ofrendas. En algunos rituales, conocidos como Shraddha, se utilizan alimentos, agua y semillas de ajonjolí.

Y entonces pienso en el ajonjolí.

El mismo ingrediente que formaba parte del mole de mi madre.

Sé que su significado es diferente en cada tradición, pero esa coincidencia me emociona.

Porque la comida tiene una capacidad extraordinaria para conectar generaciones.

Hoy, cuando cocino, muchas veces siento que estoy continuando algo que ella comenzó.

Quizá por eso dedico tanto de mi vida a enseñar a otras mujeres a cocinar con atención.

Mi mamá ya no puede sentarse a mi mesa, pero hay algo de ella en la manera en que preparo los alimentos.

Y eso también es una forma de herencia.

El duelo también se siente en el cuerpo

Taza de té caliente sobre un rebozo, junto a flores de cempasúchil

Durante mucho tiempo pensé en la tristeza como algo que ocurría solamente en el corazón o en la mente.

Hoy sé que una pérdida también puede cambiar la manera en que dormimos, comemos, respiramos y nos relacionamos con el mundo.

Tal vez tú también lo hayas vivido.

Después de perder a alguien, el sueño se vuelve ligero. La mente no descansa. Se pierde el apetito o aparecen molestias digestivas. Hay días en los que cuesta encontrar energía para hacer lo más sencillo.

No todas las personas viven el duelo de la misma manera.

Y tampoco existe un calendario que indique cuándo deberíamos sentirnos mejor.

Desde el Ayurveda, la tristeza o shoka se considera entre los factores que pueden alterar Vata, principio asociado tradicionalmente con el movimiento, el aire y el espacio.

Es una forma ayurvédica de interpretar ciertos cambios que acompañan al sufrimiento; no sustituye la explicación psicológica ni médica del duelo.

Lo importante para mí es algo mucho más práctico.

Cuando estamos atravesando una pérdida, el cuerpo también necesita atención.

Y a veces cuidar el cuerpo puede comenzar con cosas muy sencillas.

  • Preparar una sopa caliente cuando no tenemos ganas de cocinar.
  • Comer sentadas, sin prisa, aunque sea una porción pequeña.
  • Tratar de mantener horarios de descanso.
  • Buscar compañía.
  • Darnos un masaje suave si el contacto resulta reconfortante.
  • Salir a caminar.
  • Permitirnos llorar.
  • O simplemente reconocer que ese día no tenemos fuerzas para hacer todo lo que acostumbramos.

El Ayurveda puede ofrecer prácticas de autocuidado que algunas personas encuentran útiles, pero ninguna alimentación, hierba o masaje elimina por sí solo el dolor de perder a alguien.

Y cuando la tristeza se vuelve abrumadora, afecta profundamente nuestra vida cotidiana o sentimos que no podemos sostenerla, buscar ayuda psicológica o médica también es una forma de cuidarnos.

El duelo no necesita que seamos fuertes todo el tiempo. Necesita que podamos atravesarlo acompañadas.

Este 2 de noviembre, quizá puedas hacer algo diferente

No todas las personas tienen un altar grande.

No todas conservan fotografías.

Y no todas viven el Día de Muertos desde las mismas creencias.

Pero creo que casi todas entendemos lo que significa extrañar.

Por eso quiero proponerte algo sencillo.

Piensa en una persona que ya no está y a quien todavía quisieras contarle algo.

Quizá sea tu mamá, tu papá, tu pareja, una amiga, un hermano, un hijo o alguien que dejó una huella importante en tu vida.

Recuerda qué le gustaba comer.

¿Había un platillo que siempre pedía?

¿Una bebida que preparaba?

¿Un olor que todavía te recuerda su casa?

Si te nace hacerlo, prepara algo que le gustaba.

No necesitas una receta perfecta.

Hazlo con tus manos y a tu ritmo.

Puedes encender una vela en un lugar seguro, colocar una flor o simplemente sentarte unos minutos a recordar.

Pronuncia su nombre.

Piensa en algo que aprendiste de esa persona.

Tal vez una receta, una expresión, una costumbre o una forma de enfrentar la vida.

Y después pregúntate:

¿Qué parte de esa persona sigue viviendo en mí?

No necesitas encontrar una respuesta extraordinaria.

A veces es algo tan sencillo como preparar el café de la misma manera o repetir una frase que antes escuchábamos en casa.

Si recordarla despierta tristeza, permite que esté ahí.

Si aparece una sonrisa, también.

Y si algún día no quieres hacer ningún ritual, eso no significa que ames menos.

Cada quien encuentra su propia forma de recordar.

Soy su continuidad

Mujer de espaldas con rebozo mirando el atardecer junto a flores de cempasúchil

Hoy en mi altar están las fotografías de mi papá, de mi mamá y de Mike. De Alberto y de Hércules no tengo fotografías, pero también tienen su lugar.

Cada uno llegó a mi vida de una manera distinta.

Cada uno dejó algo diferente.

Y cada ausencia tiene su propia historia.

Los extraño.

Hay días en los que me gustaría volver a hablar con mis padres, compartirles lo que he construido, contarles de mis hijos y de la mujer en la que me convertí.

Me gustaría que mi mamá pudiera entrar a mi cocina.

Me gustaría haber tenido más tiempo con Alberto.

Y volver a encontrar a Hércules y Mike entre los momentos cotidianos de nuestra familia.

Pero la vida no siempre nos permite elegir cuánto tiempo tendremos junto a quienes amamos.

Lo que sí podemos hacer es reconocer lo que dejaron en nosotros.

Durante muchos años miré mis pérdidas pensando en todo lo que me había faltado vivir con ellos.

Hoy también intento mirar todo lo que sí recibí.

Mi padre forma parte de mis primeros recuerdos.

Mi madre vive en mi manera de cocinar y de cuidar.

Alberto me enseñó que el amor puede ser inmenso incluso cuando el tiempo es muy breve.

Hércules y Mike me recuerdan la alegría de una compañía sencilla e incondicional.

No necesito dejar de extrañarlos para agradecer que hayan existido.

Y quizá eso sea lo que más me ha enseñado el Día de Muertos.

Que recordar no significa negar la ausencia.

Significa reconocer que una vida puede seguir teniendo consecuencias hermosas mucho después de haber terminado.

Por eso, este año, cuando encienda las veladoras de mi altar, no solamente pensaré en quienes se fueron.

También pensaré en todo lo que dejaron.

En las decisiones que tomé, en mis hijos, en mi cocina, en las mujeres que acompaño y en cada parte de mi historia que existe porque ellos estuvieron aquí.

No sé con certeza qué ocurre después de la muerte.

Mi fe y mis tradiciones me acompañan al pensar en ese misterio.

Pero hay algo de lo que sí estoy segura:

Su ausencia cambió mi vida. Su amor también. Y ambas cosas forman parte de la mujer que soy hoy.

Antes de irte, quiero preguntarte algo

¿A quién le pondrás una fotografía en tu altar este año?

¿Hay algún platillo que todavía preparas porque te recuerda a alguien?

Me encantará leerte en los comentarios.

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Quizá, al compartir nuestras historias, descubramos que muchas de las cosas que sentimos y creemos vivir solas también forman parte de la vida de otras personas.

Y si este año el Día de Muertos llega en medio de una pérdida reciente, no sientas que tienes que celebrarlo de una manera determinada.

Puedes recordar, llorar, agradecer, guardar silencio o simplemente descansar.

No hay una única forma correcta de honrar a quienes amamos.

A veces basta con encender una pequeña luz, preparar algo que les gustaba y permitir que su recuerdo nos acompañe.

Porque hay personas que dejan de estar a nuestro lado, pero nunca dejan de formar parte de nuestra vida.
Con cariño,
Brenda Martínez Sandoval
AyurBrendaEn memoria de mi papá, mi mamá, Alberto, Hércules y Mike.

2 comentarios en “Dia de Muertos”

  1. Ivonne Lagunas Orihuela

    Brenda, realmente tocaste mi corazón. Y me hiciste pensar no solo en los seres a quien he perdido; también en los sueños, ilusiones y proyectos que me han dolido mucho y que me tienen en duelo; porque estos también son perdidas que dejan huella. Tus palabras me han inspirado para poner un altar a mis muertos, pero también hacer un ritual para soltar esos sueños que se rompieron y que aún me duelen…Gracias!

    1. Brenda Martínez Sandoval

      Ivonne, gracias por escribirme y por compartir algo tan tuyo.

      Tienes toda la razón: los sueños, las ilusiones y los proyectos que no se dieron también se lloran. También son pérdidas, y también merecen un lugar.

      Me conmueve mucho que mis palabras te hayan llevado a poner tu altar y a hacer un ritual para soltar lo que todavía duele. Que ese espacio te dé paz.

      Un abrazo grande,
      Brenda

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